El peligro de una indiscreción
Hay cosas que simplemente no nos corresponde contar
Por: Daniel Jiménez
A veces una persona puede tardar años en construir confianza y apenas unos segundos en destruirla.
Una conversación.
Un comentario aparentemente inocente.
Una información compartida con quien no correspondía.
Una fotografía.
Un nombre mencionado en el momento equivocado.
O simplemente hablar de algo que todavía no debía conocerse.
Hace poco, escuchando El Mismo Golpe con Jochy, surgió el tema de las indiscreciones y automáticamente me puse a pensar en la cantidad de situaciones de nuestra vida cotidiana donde algo aparentemente tan pequeño puede terminar provocando un problema enorme.
Porque una indiscreción no necesariamente comienza con malas intenciones.
Y quizás precisamente ahí está el peligro.
“Yo solamente lo comenté”
Probablemente esta sea una de las frases más utilizadas después de cometer una indiscreción.
“Yo solamente lo comenté”.
“Pensé que ya se sabía”.
“Creí que podía decirlo”.
“Se lo dije solamente a fulano”.
“No pensé que fuera tan importante”.
El problema es que una vez revelamos determinada información perdemos completamente el control sobre ella.
Tú se lo cuentas a una persona.
Esa persona se lo cuenta a otra.
La segunda se lo comenta a una tercera.
Y cuando finalmente regresa a nosotros, aquello que originalmente ocurrió dentro de una conversación privada puede haberse convertido prácticamente en información pública.
Es como abrir una botella y tratar posteriormente de introducir nuevamente dentro de ella todo lo que salió.
Hay cosas que simplemente no pueden recogerse después de decirlas.
No todo lo que sabemos nos pertenece
Con los años he comenzado a entender algo que considero fundamental:
tener acceso a una información no significa que tengamos derecho a compartirla.
Podemos enterarnos de algo por amistad.
Por confianza.
Por trabajo.
Porque estuvimos presentes durante determinada conversación.
Porque pertenecemos a un proyecto.
Porque alguien decidió contarnos algo personal.
Pero la información sigue teniendo un dueño.
Y si esa persona decidió confiar en nosotros, implícitamente también nos entregó una responsabilidad.
Guardar silencio cuando corresponda.
Parece sencillo.
Pero no siempre lo es.
Vivimos en una sociedad donde muchas veces saber algo antes que los demás produce una extraña sensación de importancia.
Queremos demostrar que sabemos.
Que estuvimos ahí.
Que conocemos a alguien.
Que tenemos acceso.
Que tenemos información privilegiada.
Y entonces podemos cometer el error de hablar más de la cuenta.
En el trabajo, una indiscreción puede costar muchísimo
Imaginemos ahora un entorno profesional.
Estamos trabajando en un proyecto que todavía no ha sido anunciado.
Conocemos una contratación que todavía no se ha hecho pública.
Sabemos que una persona abandonará una empresa.
Escuchamos información sobre una negociación.
Conocemos detalles económicos.
Tenemos acceso a una estrategia.
Y durante una conversación aparentemente informal se nos escapa.
“Pero no digas que yo te dije”.
Esa frase prácticamente merece convertirse en la alarma oficial de las indiscreciones.
Porque si inmediatamente después de decir algo tenemos que pedirle a la otra persona que no revele nuestra identidad, probablemente nosotros tampoco debíamos estar revelando aquella información.
En un ambiente laboral, además, las consecuencias pueden ser importantes.
Una indiscreción puede afectar una negociación.
Puede provocar conflictos dentro de un equipo.
Puede adelantar una información que una empresa tenía previsto comunicar posteriormente.
Puede generar rumores.
Puede hacer sentir traicionada a la persona que originalmente confió en nosotros.
Y quizás lo más peligroso:
puede construirnos una reputación de persona poco confiable.
Las oportunidades profesionales muchas veces dependen de algo que no aparece necesariamente dentro de un currículum:
la confianza.
Hay personas que pueden estar presentes en determinadas reuniones porque quienes están alrededor saben que lo conversado allí permanecerá allí.
Eso también es una cualidad profesional.
No todo se publica
Esto adquiere todavía más importancia en nuestra época.
Antes una indiscreción podía quedarse dentro de una conversación.
Hoy puede terminar en WhatsApp.
En una captura de pantalla.
En Instagram.
En un audio.
En un video.
En un grupo.
En cuestión de minutos puede llegar a cientos o miles de personas.
Y después aparece una de las grandes mentiras de nuestra generación:
“Lo borré”.
Borrarlo no necesariamente significa que desapareció.
Alguien pudo tomar una captura.
Alguien pudo descargarlo.
Alguien pudo reenviarlo.
Alguien pudo grabar la pantalla.
Por eso la discreción también ha tenido que evolucionar.
Ya no solamente debemos pensar antes de hablar.
También tenemos que pensar antes de publicar, enviar, reenviar o capturar.
En el amor puede ser todavía más delicado
Pero si existe un terreno donde una indiscreción puede convertirse rápidamente en dinamita es en las relaciones amorosas.
Cuando dos personas comienzan a conocerse existen conversaciones que pertenecen exclusivamente a ellas.
Inseguridades.
Experiencias anteriores.
Problemas familiares.
Situaciones económicas.
Intimidades.
Planes.
Miedos.
Confesiones.
Incluso el simple hecho de estar conociéndose puede ser algo que una de las dos personas todavía no quiera hacer público.
Imaginemos que alguien nos cuenta algo extremadamente personal y al día siguiente descubre que nuestros amigos también lo saben.
Quizás nosotros consideremos que no hicimos nada grave.
Para esa persona puede significar exactamente lo contrario.
Porque el verdadero problema no siempre será qué contamos.
Muchas veces será:
“Yo te lo conté a ti”.
Ahí aparece la ruptura.
No de la información.
De la confianza.
La pareja tampoco tiene que saberlo todo de terceros
Existe además otra situación interesante.
Hay quienes consideran que por estar en pareja automáticamente pueden contarle absolutamente todo a su compañero o compañera.
Y entiendo la lógica.
Pero incluso ahí considero que deben existir límites.
Si un amigo me confía algo estrictamente personal, esa información no automáticamente se convierte en propiedad de mi pareja.
Porque mi amigo confió en mí.
No necesariamente en nosotros.
Naturalmente habrá situaciones particulares y cada relación tendrá sus propios códigos.
Pero el principio debería permanecer:
la confianza que alguien deposita en nosotros no debería convertirse automáticamente en información disponible para nuestro círculo cercano.
También ocurre entre amigos
Probablemente algunas de las peores indiscreciones ocurren precisamente entre amistades.
Porque bajamos la guardia.
Estamos cómodos.
Hablamos.
Nos reímos.
Y comenzamos a contar.
“Te voy a decir algo, pero no se lo digas a nadie”.
Entonces procedemos a contar algo que otra persona probablemente también nos había dicho bajo exactamente la misma condición.
Hay cierta ironía ahí.
Exigimos discreción para la información que nosotros mismos estamos divulgando indiscretamente.
Por eso considero que la amistad también debería medirse, entre muchas otras cosas, por nuestra capacidad para guardar determinadas cosas.
Un verdadero amigo no solamente sabe escuchar.
También sabe cuándo callar.
¿Y si fue sin querer?
Naturalmente, todos podemos equivocarnos.
Podemos decir algo pensando genuinamente que era de conocimiento público.
Podemos interpretar incorrectamente una conversación.
Puede escaparse una información.
Somos seres humanos.
La diferencia está en lo que hacemos después.
Podemos intentar justificarlo.
Minimizarlo.
Culpar a quien nos contó.
O podemos reconocerlo.
“Me equivoqué. No debí decirlo”.
A veces una disculpa sincera no podrá reparar completamente el daño, pero siempre será mejor que intentar convencer a la otra persona de que aquello que sintió como una traición “no era para tanto”.
Porque nosotros no decidimos qué tan importante era para alguien la información que decidió confiarnos.
La discreción también es inteligencia
Durante mucho tiempo hemos asociado la inteligencia con saber cosas.
Quizás también deberíamos relacionarla con saber qué hacer con aquello que sabemos.
No necesitamos demostrar permanentemente que tenemos información.
No necesitamos contar todo lo que escuchamos.
No necesitamos publicar cada lugar donde estamos.
No necesitamos revelar con quién estuvimos.
No necesitamos contar cada conversación.
No necesitamos demostrar que pertenecemos a determinados círculos.
Hay momentos donde callar dice muchísimo más de nosotros que hablar.
Especialmente en ambientes profesionales.
Si alguien sabe que puede sentarnos dentro de una reunión sensible y que al salir no comenzaremos a divulgar lo conversado, hemos construido algo extremadamente valioso.
Credibilidad.
Y la credibilidad tarda muchísimo en construirse.
Antes de hablar
Quizás podríamos hacernos tres preguntas muy sencillas antes de compartir determinada información:
¿Esta información es mía?
¿Tengo permiso para contarla?
¿Qué puede ocurrir si la persona involucrada descubre que fui yo quien la contó?
Si alguna de esas respuestas nos incomoda, probablemente ya sabemos qué debemos hacer.
Callar.
No por miedo.
No por complicidad.
Sino por respeto.
Naturalmente existen excepciones. Si una información implica peligro, abuso, un delito o la seguridad de alguien, guardar silencio puede dejar de ser lo correcto.
Pero fuera de esas situaciones, la discreción sigue siendo una virtud extraordinariamente valiosa.
La confianza también se demuestra callando
Mientras escuchaba aquella conversación en El Mismo Golpe con Jochy, terminé pensando que probablemente todos hemos cometido alguna indiscreción en algún momento.
Yo también.
Quizás dijimos algo que no correspondía.
Tal vez contamos algo demasiado pronto.
O entendimos demasiado tarde que determinada conversación debía permanecer donde ocurrió.
Lo importante es aprender.
Porque mientras más espacios profesionales y personales ocupemos, más probable será que tengamos acceso a información que no necesariamente nos pertenece.
Y ahí nuestro verdadero valor no estará en demostrar cuánto sabemos.
Estará en demostrar qué tan confiables podemos ser con aquello que sabemos.
En el trabajo.
En una amistad.
En una familia.
En una relación amorosa.
Incluso dentro de una simple conversación.
Hay palabras que pueden olvidarse.
Otras pueden perdonarse.
Pero existen indiscreciones capaces de cambiar para siempre la manera en que alguien nos mira.
Por eso, antes de contar aquello que nos confiaron, quizás conviene recordar una idea extremadamente sencilla:
no todo lo que sabemos tenemos que decirlo.
Porque muchas veces la confianza no se demuestra contando nuestros secretos.
Se demuestra sabiendo guardar los secretos que otros decidieron confiarnos.
Fuente de inspiración: El Mismo Golpe con Jochy.
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