Emprender: mucho más difícil de lo que parece


 Cuando una buena idea no es suficiente

Que es el emprendedurismo? – La Tribuna  

Por: Daniel Jiménez

 

Emprender.

Una palabra que escuchamos constantemente y que, desde fuera, muchas veces parece mucho más sencilla de lo que realmente es.

“Tengo una idea”.

“Voy a montar un negocio”.

“Voy a vender esto”.

“Voy a invertir en aquello”.

Todo parece relativamente fácil hasta que llega el momento de hacerlo.

Porque una cosa es tener una buena idea y otra muy diferente es conseguir que esa idea produzca dinero, encuentre clientes y, sobre todo, sobreviva con el paso del tiempo.

Y quizás esa última palabra sea la más importante.

Sobrevivir.

Personalmente puedo hablar del emprendimiento desde una experiencia modesta, pero real.

Desde 2019 hasta hoy he tenido diferentes experiencias vinculadas a la venta de mis propios proyectos, especialmente mis libros. He tenido momentos muy buenos, pequeñas satisfacciones y algunos rastros de éxito que me han permitido comprobar algo importante: sí se puede.

Pero tampoco voy a pintar una realidad que no existe.

Desde hace un tiempo, el flujo de ventas ha sido considerablemente más lento.

Hay temporadas buenas.

Hay temporadas malas.

Hay momentos donde las cosas se mueven.

Y existen otros en los que prácticamente se detienen.

Eso también es emprender.

Porque cuando hablamos de emprendimiento solemos escuchar principalmente las historias que terminaron bien.

El negocio que comenzó en una habitación y hoy factura millones.

La persona que empezó vendiendo un producto entre sus amigos y terminó construyendo una empresa.

El emprendedor que tuvo una idea diferente y “dio un palo”.

Esas historias existen.

Y son inspiradoras.

Pero existe otra cara de la moneda de la que quizás hablamos mucho menos.

La del negocio que comenzó con entusiasmo y cerró.

La del emprendedor que invirtió sus ahorros y no consiguió recuperarlos.

La del proyecto que tenía clientes, pero cuyos costos terminaron creciendo más rápido que sus ingresos.

La de quien descubre que tener ventas no necesariamente significa tener ganancias.

Esa también es la realidad.

Dar un palo no es tan sencillo

Existe una expresión muy dominicana que utilizamos cuando un negocio, una canción, un producto o una idea consigue un éxito extraordinario:

“Dio un palo”.

Todos queremos dar ese palo.

El problema es que nadie sabe exactamente dónde está.

Puedes tener un buen producto.

Una buena ubicación.

Una buena estrategia.

Un precio competitivo.

Una idea innovadora.

Y aun así fracasar.

Porque emprender significa convivir permanentemente con variables que muchas veces ni siquiera controlamos.

El costo de los productos.

El alquiler.

La electricidad.

Los salarios.

Los impuestos.

Los proveedores.

El transporte.

El comportamiento del consumidor.

La competencia.

Y, por supuesto, la situación económica general.

Cuando el dinero comienza a escasear en los bolsillos, las personas inevitablemente establecen prioridades.

Primero está lo necesario.

Después viene lo demás.

Y ese “después” puede significar la diferencia entre que un restaurante tenga todas sus mesas ocupadas o que permanezca vacío.

Entre que alguien compre un libro o decida dejarlo para el próximo mes.

Entre ir a un espectáculo o quedarse en casa.

Ahí es donde uno comienza a comprender que el emprendimiento no existe aislado de la realidad económica.

Cuando incluso negocios establecidos cierran

En los últimos años, República Dominicana ha visto desaparecer negocios que parecían formar parte permanente de nuestra vida comercial, gastronómica y cultural.

Chef Pepper, por ejemplo, cerró sus operaciones en el país después de años funcionando como una marca reconocida dentro del sector gastronómico. La empresa explicó entonces que atravesaba una situación económica que arrastraba desde los efectos de la pandemia.

 Chef Pepper cierra sus sucursales de forma definitiva en República Dominicana

Super Fresh Market, en su establecimiento de la avenida Tiradentes, también cerró después de ocho años de operaciones. En ese caso nunca se hizo pública una explicación oficial sobre las razones del cierre, pero su desaparición volvió a recordarnos que ni siquiera una propuesta establecida tiene garantizada la permanencia.

 SuperFresh Market, una promesa más allá del supermercado

Después llegó Chao Café Teatro.

Durante ocho años fue un espacio para teatro, humor, música y entretenimiento. Cuando Raeldo López anunció su cierre, habló abiertamente de una realidad que afecta a numerosos emprendedores: costos operativos cada vez más difíciles de sostener y una reducción en el consumo.

 Chao Café Teatro | Santo Domingo

Y más recientemente ocurrió con Comedy Club RD.

 Comedy Club RD (@ComedyClubRD) / Posts / X

Después de casi nueve años dedicado al stand-up comedy, también cerró sus puertas.

Cuatro negocios completamente diferentes.

Supermercado.

Restaurantes.

Teatro.

Entretenimiento.

No todos cerraron por exactamente las mismas razones y sería injusto simplificar cada historia diciendo que “la economía los quebró”.

Pero vistos en conjunto dejan una reflexión inevitable:

mantener un negocio abierto es extraordinariamente difícil.

Y si eso ocurre con proyectos que consiguieron permanecer durante ocho o nueve años, ¿qué significa para alguien que apenas está comenzando?

La parte que casi nunca vemos

Cuando entramos a un negocio normalmente vemos el producto terminado.

La mesa.

La comida.

El escenario.

La mercancía.

La decoración.

El servicio.

Lo que casi nunca vemos son las cuentas.

Y detrás de cualquier emprendimiento existen números.

Muchos números.

¿Cuánto cuesta producir?

¿Cuánto cuesta mantener?

¿Cuánto tengo que vender para simplemente quedar tablas?

¿Cuánto puedo reinvertir?

¿Cuánto puedo retirar?

¿Cuánto tiempo puedo soportar un mes malo?

Y ahí reconozco algo.

Emprender también obliga a aprender.

No basta con saber hacer aquello que queremos vender.

Un excelente cocinero puede no saber administrar un restaurante.

Un extraordinario artista puede no saber manejar una empresa.

Un buen escritor no necesariamente sabe vender libros.

Son capacidades diferentes.

Y quien emprende termina aprendiendo, muchas veces a golpes, que necesita entender un poco de todas.

Mi propia experiencia

Quizás por eso hoy observo mis propias ventas de manera diferente.

Cuando comencé, evidentemente quería vender.

Todavía quiero hacerlo.

Pero con el tiempo he entendido que cada venta representa algo más.

Representa que alguien decidió utilizar parte de su dinero en algo que yo creé.

Y cuando el flujo disminuye también toca hacerse preguntas.

¿Qué estoy haciendo diferente?

¿Qué cambió en el consumidor?

¿Necesito otra estrategia?

¿El producto necesita renovarse?

¿Debo buscar otro público?

¿Simplemente estoy atravesando una temporada lenta?

No siempre existe una respuesta inmediata.

Y creo que precisamente ahí aparece una de las características más importantes de cualquier emprendedor:

la capacidad de resistir sin dejar de pensar.

Porque persistir no significa hacer exactamente lo mismo eternamente esperando un resultado diferente.

También significa saber cuándo ajustar.

Cuándo cambiar.

Cuándo probar algo nuevo.

Y, en determinados casos, incluso cuándo detenerse.

Cerrar tampoco siempre significa fracasar

Esta es probablemente una de las ideas sobre emprendimiento que más hemos distorsionado.

Cuando un negocio cierra inmediatamente pensamos:

“Fracasó”.

No necesariamente.

Un proyecto que permaneció ocho años abierto, generó empleos, pagó salarios, recibió miles de clientes y creó experiencias no puede resumirse únicamente por el día en que cerró.

Quizás el negocio terminó.

Pero existió.

Produjo.

Generó.

Enseñó.

Y probablemente dejó las bases para otra cosa.

El fracaso verdadero quizás estaría en no aprender absolutamente nada de la experiencia.

Porque emprender también implica entender que ningún negocio tiene garantizada la eternidad.

Ni siquiera las empresas gigantes.

Entonces, ¿vale la pena emprender?

Después de escribir todo esto alguien podría pensar que mi conclusión será:

“No emprendan”.

Todo lo contrario.

Creo que hay que hacerlo.

Pero debemos dejar de romantizarlo.

Emprender no significa automáticamente libertad financiera.

No significa hacerse millonario.

No significa abandonar un trabajo hoy y dentro de seis meses estar viajando por el mundo gracias a un negocio.

Puede ocurrir.

Pero también puede ocurrir exactamente lo contrario.

Para mí, emprender significa asumir un riesgo calculado alrededor de una idea en la que creemos.

Significa intentar convertir algo que sabemos hacer en algo por lo que otra persona esté dispuesta a pagar.

Y significa comprender que habrá temporadas donde todo parece funcionar y otras donde uno comienza a preguntarse qué está pasando.

Lo he vivido a mi escala.

Desde 2019 he vendido.

He tenido buenos momentos.

He tenido experiencias que considero exitosas.

También he visto disminuir considerablemente el ritmo de esas ventas.

Y sigo aprendiendo.

Porque quizás esa sea otra parte del emprendimiento de la que hablamos poco: aprender a convivir con la incertidumbre sin perder las ganas de continuar.

Quizás nunca llegue ese famoso “palo”.

O quizás llegue cuando menos lo espere.

Pero creo que ahí está precisamente la esencia.

Continuar creando.

Continuar observando.

Continuar aprendiendo.

Y entender que el éxito de un emprendimiento no debería medirse únicamente por cuánto dinero produjo, sino también por cuánto tiempo logró mantenerse, qué aprendimos durante el proceso y qué somos capaces de construir después.

Porque abrir un negocio puede tomar un día.

Construirlo puede tomar años.

Y mantenerlo vivo, especialmente en tiempos difíciles, puede terminar siendo el emprendimiento más complicado de todos.

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