La pandemia silenciosa de las redes sociales (Serie medios de comunicacion)
Por: Daniel Jiménez
La pandemia del COVID-19 cambió al mundo de formas que todavía seguimos descubriendo.
Durante aquellos meses vivimos el aislamiento, el miedo, la incertidumbre y la pérdida de millones de vidas. También aprendimos a trabajar, estudiar y mantener el contacto con nuestros seres queridos a través de la tecnología. Las redes sociales dejaron de ser un simple entretenimiento para convertirse, en muchos casos, en la principal ventana hacia el exterior.
Sin embargo, una vez superada la emergencia sanitaria, me quedó una inquietud.
¿Y si la próxima gran pandemia no fuera causada por un virus?
¿Y si ya hubiera comenzado?
No hablo de una enfermedad física. Hablo de una pandemia silenciosa: la dependencia cada vez mayor de las redes sociales.
Plataformas como TikTok, Instagram, Facebook o YouTube forman parte de nuestra vida cotidiana y han transformado la manera en que consumimos información, nos entretenemos e incluso nos relacionamos con los demás.
El problema no son las plataformas en sí.
El verdadero problema aparece cuando dejamos de controlar el tiempo que les dedicamos y son ellas las que terminan controlándonos a nosotros.
Cada vez es más común ver personas que pasan horas deslizando la pantalla sin un objetivo claro. Un video lleva a otro, y ese a otro más, hasta que, sin darnos cuenta, hemos perdido una parte importante del día.
La atención se fragmenta. La paciencia disminuye. Nos acostumbramos a recibir estímulos constantes y a consumir contenidos cada vez más breves. Poco a poco, resulta más difícil concentrarse en una lectura extensa, disfrutar una conversación sin mirar el teléfono o simplemente permanecer unos minutos en silencio.
Hace algún tiempo vi el documental The Social Dilemma (El dilema de las redes sociales), disponible en Netflix. En él, antiguos ejecutivos de importantes empresas tecnológicas explican cómo muchas plataformas fueron diseñadas para captar y mantener nuestra atención el mayor tiempo posible.
Eso no significa que las redes sociales sean malas.
Por el contrario, bien utilizadas pueden convertirse en extraordinarias herramientas de aprendizaje, comunicación, emprendimiento y generación de oportunidades.
La diferencia está en quién tiene el control.
Si somos nosotros quienes utilizamos las redes para crecer, aprender y trabajar, la tecnología se convierte en una aliada.
Pero si terminamos viviendo pendientes de cada notificación, de cada video y de cada tendencia, entonces el problema deja de ser tecnológico y pasa a ser humano.
No sé si algún día esta dependencia será considerada oficialmente una pandemia. Lo que sí creo es que sus efectos ya comienzan a sentirse en nuestra forma de vivir, de pensar y de relacionarnos.
Ojalá me equivoque.
Pero quizás el mayor desafío de los próximos años no sea aprender a convivir con una nueva enfermedad, sino aprender a desconectarnos, aunque sea por un momento, de un mundo que nunca deja de enviarnos notificaciones.
Porque, a veces, la libertad no consiste en tener acceso a toda la información del mundo.
Consiste en poder dejar el teléfono a un lado cuando nosotros decidamos hacerlo.
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