(Serie de medios de comunicacion) La modernización de la televisión en la era del streaming
Por: Daniel Jiménez
Hace algunos años sostuve una conversación muy interesante con mi hermana de crianza sobre la evolución de la televisión y la manera en que consumimos contenido audiovisual.
Ella defendía una postura que hoy comparten millones de personas alrededor del mundo: el streaming es mejor que la televisión por cable y, en muchos casos, también supera a la televisión tradicional.
Mientras conversábamos comenzaron a surgir nombres que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: Netflix, Disney+, HBO Max, Prime Video, YouTube Premium, Hulu y muchas otras plataformas que, con el paso de los años, han transformado por completo la industria del entretenimiento.
Debo admitir que tenía argumentos sólidos.
El streaming cambió las reglas del juego.
Hoy cada persona decide qué quiere ver, cuándo verlo y desde dónde hacerlo. Ya no dependemos de una programación fija ni de esperar un horario determinado para disfrutar una serie, una película, un documental o un evento deportivo. El control pasó del canal al espectador.
Esa, probablemente, sea la mayor revolución que ha vivido la televisión en las últimas décadas.
Sin embargo, con el paso del tiempo también he llegado a otra conclusión.
El éxito del streaming ha traído consigo un fenómeno que quizás pocos imaginaron cuando comenzaron a popularizarse estas plataformas: la fragmentación del contenido.
Hace algunos años bastaba con suscribirse a una o dos plataformas para acceder a una enorme cantidad de producciones.
Hoy la realidad es muy distinta.
Cada empresa desarrolla su propio catálogo exclusivo, produce contenido original y adquiere derechos de transmisión que obligan al usuario a contratar varias plataformas si desea acceder a todo aquello que le interesa.
Y es precisamente ahí donde aparece uno de los principales inconvenientes.
El costo.
Cuando se suman las suscripciones de varias plataformas, el gasto mensual puede superar con facilidad el precio de muchos planes de televisión por cable.
Paradójicamente, una modalidad que nació ofreciendo una alternativa más flexible y, en muchos casos, más económica, terminó convirtiéndose para muchos hogares en un servicio considerablemente más costoso.
Eso no significa que el streaming haya fracasado.
Todo lo contrario.
Ha demostrado ser una extraordinaria evolución tecnológica y una nueva forma de entender el entretenimiento.
Pero también nos recuerda que la comodidad tiene un precio.
Y, en ocasiones, ese precio continúa aumentando.
A este panorama se suma otro fenómeno que, en mi opinión, merece una reflexión aparte.
Me refiero al crecimiento de los servicios IPTV no autorizados, impulsados en gran medida por dispositivos como los populares Amazon Fire TV Stick y por televisores o equipos con sistemas operativos basados en Android TV.
Hoy no resulta extraño escuchar a personas que, por una pequeña cuota mensual, aseguran tener acceso a miles de canales de televisión, eventos deportivos, películas, series y plataformas de streaming desde una sola aplicación.
Más allá del debate legal y ético que esto representa, el fenómeno refleja una realidad que la industria audiovisual no puede ignorar.
Cuando un consumidor siente que necesita pagar cinco, seis o siete suscripciones distintas para acceder al contenido que desea, inevitablemente comienza a buscar alternativas más económicas.
Eso, por supuesto, no justifica la piratería.
Pero sí ayuda a entender por qué este tipo de servicios ha encontrado una rápida aceptación en muchos mercados.
En cierto modo, la excesiva fragmentación del contenido terminó favoreciendo el crecimiento de un mercado paralelo que promete ofrecer prácticamente todo en un mismo lugar y por una fracción del costo.
Es una paradoja interesante.
Las plataformas nacieron para darle más libertad al espectador.
Sin embargo, la competencia entre ellas terminó dividiendo tanto la oferta que muchos usuarios sienten que necesitan contratar demasiados servicios para disfrutar de una experiencia realmente completa.
Mientras tanto, la televisión tradicional tampoco ha permanecido inmóvil.
Muchos canales han modernizado sus propuestas, ofrecen transmisiones simultáneas por internet, aplicaciones propias y contenido bajo demanda para adaptarse a los nuevos hábitos del público.
La competencia ha obligado a toda la industria a evolucionar.
Y eso, al final, beneficia al espectador.
Personalmente, no creo que exista un ganador absoluto en esta discusión.
El streaming ofrece libertad, comodidad y control sobre el contenido.
La televisión por cable continúa siendo una alternativa atractiva para quienes buscan una programación amplia en un solo servicio.
Y, al mismo tiempo, el crecimiento de los servicios IPTV no autorizados demuestra que una parte importante del mercado está enviando un mensaje claro: el consumidor busca simplicidad, variedad y precios razonables.
Quizás la verdadera discusión ya no sea cable contra streaming.
Hoy el escenario es mucho más complejo.
Conviven la televisión tradicional, las plataformas digitales y un mercado IPTV que continúa creciendo al ritmo de la fragmentación del contenido y del aumento de los costos.
La televisión no murió.
Simplemente cambió de forma.
Y esa transformación continúa recordándonos que la tecnología siempre avanza, pero será el consumidor quien tenga la última palabra sobre cómo, cuándo y cuánto está dispuesto a pagar por el contenido que desea ver.
El gran desafío para la industria ya no consiste únicamente en producir mejores series, transmitir más eventos exclusivos o desarrollar nuevas plataformas.
También pasa por encontrar un modelo de negocio capaz de convencer al espectador de que la experiencia legal sigue ofreciendo un valor que justifique su inversión.
Porque cuando acceder al contenido se vuelve demasiado complejo o excesivamente costoso, muchos terminan buscando el camino más fácil, aunque no siempre sea el correcto.
Y quizás esa sea la verdadera discusión que hoy enfrenta la televisión moderna.
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