Una labor extraordinaria por comunidades sensibles
Cuando una oportunidad también transforma vidas
Por: Daniel Jiménez
Hay instituciones que conocemos en algún momento de nuestras vidas y que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en parte de nuestra propia historia.
Para mí, la Fundación Yo También Puedo representa precisamente eso.
Antes de entrar en la reflexión principal que me llevó originalmente a escribir estas líneas en agosto de 2021, tengo que regresar algunos años atrás.
Conocí la fundación en 2012.
Yo También Puedo se dedica a trabajar con niños y jóvenes con discapacidad utilizando el arte como una herramienta de educación, expresión, desarrollo e inclusión. Y aunque probablemente cuando llegué no imaginaba hasta dónde llegaría aquella relación, el tiempo terminó demostrando la importancia que tendría dentro de mi propio crecimiento.
Llegué durante el transcurso de 2012 y permanecí un tiempo colaborando junto a personas como María Esperanza Haché y Marcelle Berrido.
Posteriormente nuestros caminos se separaron.
Por algunas diferencias creativas decidí marcharme y formar mi propio grupo de teatro. Era, en cierta manera, continuar explorando por mi cuenta un mundo artístico que ya había comenzado a conocer.
Aquella experiencia también tuvo su valor.
Me permitió crear.
Equivocarme.
Experimentar.
Asumir responsabilidades.
Y descubrir cosas sobre mí mismo.
Pero algunas historias tienen la particularidad de dar la vuelta completa.
Y años después regresé a Yo También Puedo.
Volver también puede significar crecer
En 2021 regresé con toda mi fuerza, mis ideas y mi creatividad, dispuesto a dar nuevamente lo mejor de mí.
Y encontré cosas conocidas, pero también encontré una fundación y un entorno que me permitieron comenzar una nueva etapa.
Conocí personas.
Hice nuevos amigos.
Viví experiencias diferentes.
Y traté de inyectarle toda mi energía a una causa que, para ese momento, ya comprendía de una manera mucho más madura.
Porque trabajar por la inclusión de las personas con discapacidad no debería consistir simplemente en decir que todos tenemos capacidades.
Hay que crear los espacios para demostrarlo.
Ahí es donde instituciones como Yo También Puedo adquieren verdadero valor.
El arte puede convertirse en mucho más que entretenimiento.
Puede ser educación.
Puede ser terapia.
Puede ser disciplina.
Puede fortalecer la autoestima.
Puede crear independencia.
Puede permitirle a una persona descubrir una capacidad que quizás ni ella misma sabía que tenía.
Y, sobre todo, puede convertirse en una extraordinaria herramienta de inclusión.
“Dar Esperanza”
Una de las experiencias que motivó especialmente la versión original de este artículo ocurrió precisamente en 2021.
Después de aproximadamente un mes de trabajo culminó una actividad llamada “Dar Esperanza”, en la cual cuatro fundaciones se unieron con el propósito de continuar aportando a la calidad de vida de las personas con discapacidad.
Pero más allá de la actividad en sí misma, recuerdo particularmente el componente humano.
Tuve la oportunidad de compartir y relacionarme mucho más con personas con las cuales anteriormente no había tenido esa posibilidad.
Y aquí mantengo una mención especial que aparecía desde aquel artículo original:
Perla.
Porque al final las instituciones no son solamente nombres, logos, proyectos o actividades.
Son personas.
Personas que dedican tiempo.
Personas que escuchan.
Personas que acompañan.
Personas que creen en otras.
Y muchas veces no somos plenamente conscientes del impacto que alguien puede tener sobre nosotros hasta que pasan los años y miramos hacia atrás.
Lo que Yo También Puedo significó para mí
Cuando escribí este artículo originalmente hice una comparación muy personal.
Pensaba en mi antiguo grupo de teatro y en Yo También Puedo.
Hoy quizás no lo plantearía como una competencia entre ambas experiencias.
Cada una perteneció a un momento diferente de mi vida y seguramente ambas aportaron algo a la persona que posteriormente terminaría siendo.
Pero sí mantengo una conclusión:
Yo También Puedo me permitió crecer personalmente y vivir experiencias que probablemente nunca habría imaginado.
Y eso tiene un valor enorme.
Porque existen oportunidades que nos permiten trabajar.
Otras nos permiten aprender.
Algunas nos permiten conocer personas.
Pero las más importantes posiblemente sean aquellas que terminan ayudándonos a conocernos a nosotros mismos.
Yo También Puedo ha representado eso para mí.
María Esperanza y un equipo que decidió creer
Y si voy a hablar de esa historia, necesariamente tengo que detenerme en María Esperanza Haché.
Una de las cosas más valiosas que alguien puede hacer por otra persona es creer en ella.
No solamente cuando todo sale bien.
También cuando hay que exigirle.
Cuando hay que impulsarla.
Cuando sabemos que puede dar mucho más.
María Esperanza y todo el equipo de Yo También Puedo han tenido un papel fundamental dentro de ese proceso.
Con los años he podido entenderlo incluso mejor.
No solamente agradezco las actividades en las que participé o los escenarios a los que pude subir.
Agradezco las experiencias.
Las conversaciones.
Las personas que conocí.
Las oportunidades de equivocarme y volver a intentarlo.
La posibilidad de exigirme.
Y la confianza depositada en mí.
Porque muchas veces alguien tiene que ver nuestro potencial antes de que nosotros mismos terminemos de descubrirlo.
Personas que terminan formando parte de nuestra construcción
Han pasado años desde aquel primer encuentro en 2012.
Y naturalmente ninguno de nosotros es exactamente la misma persona.
Pero cuando observo mi propio desarrollo humano, creativo y profesional, hay nombres e instituciones que inevitablemente aparecen.
Yo También Puedo es uno de ellos.
María Esperanza Haché también.
Marcelle Berrido forma parte de aquella primera etapa.
Y posteriormente llegaron otras personas, entre ellas Perla Coral de los Santos, cuya presencia y amistad también terminarían adquiriendo un significado especial dentro de ese recorrido.
Hoy puedo mirar aquellas experiencias con una perspectiva que probablemente no tenía cuando escribí estas palabras originalmente en agosto de 2021.
Y quizás esa perspectiva me permite entender algo mucho mejor:
una fundación puede cambiar mucho más que una circunstancia determinada. Puede participar en la construcción de una persona.
Eso es mucho más difícil de medir.
No aparece necesariamente en una estadística.
No siempre produce un titular.
Pero permanece.
Y quizás ese sea uno de los mayores impactos que puede dejar cualquier institución dedicada al desarrollo humano.
No solamente lo que hace durante una actividad.
Sino aquello que permanece dentro de las personas cuando esa actividad termina.
Una labor que merece reconocimiento
Trabajar con comunidades sensibles y vulnerables requiere muchísimo más que buenas intenciones.
Requiere compromiso.
Constancia.
Paciencia.
Recursos.
Sensibilidad.
Y, sobre todo, personas dispuestas a continuar cuando las cosas se vuelven difíciles.
Por eso quise escribir estas palabras en 2021.
Y por eso, años después, siguen teniendo sentido.
Porque reconocer el trabajo de quienes aportan a nuestra sociedad también es una forma de agradecer.
En la versión original de este artículo escribí, medio en serio y medio desde la emoción, que personas como María Esperanza merecían un Premio Nobel.
Hoy sonrío al releer aquella frase.
Pero no la eliminaría.
Porque detrás de la exageración afectuosa existe algo completamente sincero:
gratitud.
Gratitud hacia María.
Hacia Perla.
Hacia Marcelle.
Hacia cada persona que ha formado parte del equipo.
Y hacia una institución que desde aquel primer encuentro en 2012, con altas, bajas, idas, regresos y nuevas etapas, ha terminado formando parte de mi propia historia.
Ahora puedo comprender mejor que muchas de aquellas experiencias no solamente estaban relacionadas con el arte o con participar en determinada actividad.
También estaban ayudándome a crecer.
A relacionarme.
A descubrir capacidades.
A asumir responsabilidades.
A confiar más en aquello que podía aportar.
Y probablemente algunas de las herramientas humanas que hoy utilizo en otros espacios comenzaron a desarrollarse precisamente durante experiencias como aquellas.
Si tuviera que resumir todo ese recorrido en una sola reflexión, probablemente sería esta:
hay personas que nos dan oportunidades y hay personas que, además de darnos oportunidades, nos ayudan a convertirnos en quienes somos.
Para mí, Yo También Puedo pertenece a ese segundo grupo.
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