De subir el cristal a mano al carro que prácticamente piensa por nosotros
La extraordinaria evolución de los vehículos desde los años 90
Por: Daniel Jiménez
Si pudiéramos colocar uno al lado del otro un vehículo promedio de principios de los años 90 y uno fabricado actualmente, probablemente encontraríamos algo curioso.
Los dos tienen cuatro ruedas.
Un guía.
Asientos.
Un motor.
Puertas.
Un baúl.
Y, en esencia, sirven exactamente para lo mismo:
llevarnos de un lugar a otro.
Pero ahí prácticamente terminan las similitudes.
En apenas tres décadas, el automóvil pasó de ser una máquina fundamentalmente mecánica a convertirse en una especie de computadora sobre ruedas.
Pantallas.
Cámaras.
Sensores.
GPS.
Bluetooth.
Asistentes de conducción.
Motores híbridos.
Vehículos eléctricos.
Llaves que ya ni siquiera necesitamos introducir.
Carros que frenan por nosotros.
Otros que nos avisan cuando nos estamos saliendo del carril.
Y algunos capaces incluso de estacionarse prácticamente solos.
Cuando uno mira hacia atrás, la evolución ha sido extraordinaria.
Los carros de los 90 tenían otra personalidad
Hay algo que siempre me ha parecido interesante de los vehículos antiguos.
Tenían personalidad.
Uno podía reconocer determinados modelos desde lejos.
Toyota.
Honda.
Nissan.
Mitsubishi.
Mazda.
Ford.
Chevrolet.
Mercedes-Benz.
BMW.
Volkswagen.
Cada fabricante parecía tener una identidad visual muchísimo más marcada.
Y naturalmente las comodidades eran diferentes.
Dependiendo del vehículo y de su versión, podíamos encontrarnos con cristales manuales.
Había que darle vueltas a aquella famosa manigueta para subirlos y bajarlos.
Cerrar las puertas podía requerir hacerlo manualmente.
El retrovisor se ajustaba con la mano.
La llave entraba físicamente en el encendido.
Y la radio era todo un universo aparte.
El cassette era tecnología
Hoy conectamos un teléfono al vehículo y tenemos acceso prácticamente instantáneo a millones de canciones.
En los 90 la historia era diferente.
Cassette.
Radio AM/FM.
Y después, progresivamente, el CD.
Había personas con colecciones completas dentro del carro.
Una funda.
Un estuche.
Decenas de discos.
Y naturalmente existía el momento en que queríamos escuchar determinada canción y comenzábamos a buscar el CD correspondiente.
Antes de Spotify, Bluetooth, USB y Apple CarPlay, nuestra biblioteca musical viajaba físicamente con nosotros.
Incluso el famoso radio desmontable llegó a ser prácticamente una medida de seguridad.
Llegábamos a un lugar, retirábamos el frente del radio y nos lo llevábamos.
Las nuevas generaciones probablemente mirarían aquello preguntándose:
“¿Pero por qué ustedes cargaban con una parte del radio?”
Eran otros tiempos.
El aire acondicionado tampoco podía darse por sentado
Hoy compramos un vehículo moderno y asumimos que tendrá aire acondicionado.
Pero durante décadas muchas comodidades que actualmente consideramos básicas dependían del modelo, la versión o el precio.
Aire acondicionado.
Dirección asistida.
Cristales eléctricos.
Cierre centralizado.
Retrovisores eléctricos.
Todo eso fue pasando progresivamente de ser equipamiento especial a convertirse prácticamente en estándar.
La tecnología automotriz tiene una característica interesante:
el lujo de hoy suele convertirse en la normalidad de mañana.
La seguridad cambió muchísimo
Quizás esta sea una de las transformaciones más importantes.
Durante años, cuando alguien compraba un carro, probablemente preguntaba primero:
“¿Qué motor tiene?”
“¿Cuánto gasta?”
“¿Es automático?”
“¿Tiene aire?”
Hoy existe otra conversación.
Airbags.
ABS.
Control de estabilidad.
Sensores.
Cámaras.
Alertas de punto ciego.
Asistencia de mantenimiento de carril.
Frenado automático de emergencia.
Control crucero adaptativo.
La industria comenzó a entender que el vehículo no solamente debía transportarnos.
También debía intentar protegernos cuando nosotros cometíamos errores.
Porque los cometemos.
Primero llegó el cinturón, después prácticamente un copiloto electrónico
Los sistemas modernos han llevado esa filosofía muchísimo más lejos.
Un carro puede detectar que tenemos otro vehículo en un punto que no vemos.
Nos avisa.
Puede detectar que estamos acercándonos demasiado rápido al vehículo de delante.
Nos avisa.
Puede notar que estamos abandonando nuestro carril.
Nos avisa.
Puede detectar obstáculos cuando retrocedemos.
Nos avisa.
En determinados modelos, si no reaccionamos...
el propio vehículo puede intervenir.
Eso habría parecido ciencia ficción durante buena parte de los años 90.
El tablero también desapareció como lo conocíamos
Durante décadas mirábamos agujas.
Velocímetro.
Revoluciones.
Combustible.
Temperatura.
Algunas luces.
Eso era prácticamente todo.
Actualmente existen vehículos cuyo tablero completo es una pantalla.
Podemos cambiar lo que queremos ver.
Mapa.
Consumo.
Velocidad.
Música.
Información del viaje.
Asistencias.
Estado del vehículo.
Y en algunos casos hasta personalizar la manera en que se presenta la información.
El tablero dejó de ser simplemente un conjunto de indicadores.
Se convirtió en una interfaz.
Y apareció una pantalla en el medio
Primero fue pequeña.
Después creció.
Y siguió creciendo.
Hasta que algunos fabricantes aparentemente dijeron:
“¿Para qué queremos botones?”
Hoy encontramos vehículos donde buena parte de las funciones están concentradas en una pantalla táctil.
Radio.
Climatización.
Navegación.
Teléfono.
Configuración.
Cámaras.
Modos de conducción.
Información mecánica.
Incluso funciones que antiguamente requerían un botón físico.
Personalmente, aquí creo que la modernización también merece una pregunta:
¿hasta qué punto necesitamos convertir absolutamente todo en una pantalla?
Porque moderno no necesariamente significa práctico.
A veces un botón sigue siendo un excelente invento.
El celular entró al carro
Esta fue otra revolución.
Primero apareció el Bluetooth.
Después llegaron sistemas como Apple CarPlay y Android Auto.
Y entonces el vehículo se convirtió prácticamente en una extensión de nuestro teléfono.
Música.
Mapas.
Llamadas.
Mensajes.
Podcasts.
Asistentes de voz.
Podemos entrar al carro y continuar utilizando parte de nuestro ecosistema digital sin tener que sostener el celular.
El automóvil dejó de ser un espacio desconectado.
Ahora forma parte de nuestra vida digital.
Antes preguntábamos cómo llegar
Este cambio merece capítulo propio.
Antes había que conocer la ruta.
Preguntar.
Memorizar.
Utilizar referencias.
“Dobla donde estaba la bomba”.
“Después del supermercado hay una esquina”.
“Cuando veas una casa amarilla...”
Direcciones absolutamente dominicanas.
Hoy escribimos una dirección.
El GPS calcula.
Nos indica por dónde ir.
Nos dice cuánto tardaremos.
Detecta tránsito.
Recalcula.
Busca otra ruta.
Y si nos equivocamos, no discute con nosotros.
Simplemente dice:
“Recalculando”.
Una paciencia admirable.
La llave también está desapareciendo
Otro objeto que parecía inseparable del automóvil comenzó a transformarse.
Primero tuvimos controles.
Después sistemas de proximidad.
Botón de encendido.
Y actualmente existen vehículos que permiten determinadas funciones desde el teléfono.
La escena clásica de introducir la llave, girarla y escuchar arrancar el motor comienza poco a poco a pertenecer a otra generación.
Entramos.
Presionamos un botón.
Y arrancamos.
Incluso algunos vehículos eléctricos hacen todo aquello prácticamente en silencio.
Automático dejó de significar simplemente automático
Las transmisiones también evolucionaron.
Durante años la gran división popular era sencilla:
mecánico o automático.
Actualmente podemos hablar de automáticas convencionales, CVT, doble embrague y diferentes configuraciones electrónicas.
Incluso las tradicionales palancas han comenzado a cambiar.
Perillas.
Botones.
Selectores pequeños.
Controles electrónicos.
Hay vehículos modernos donde alguien acostumbrado a manejar carros antiguos puede entrar y necesitar unos segundos para descubrir:
“¿Y cómo pongo esto en drive?”
El motor también cambió
Durante mucho tiempo existió una asociación bastante sencilla:
más potencia significaba normalmente un motor más grande.
La ingeniería moderna cambió considerablemente esa ecuación.
Motores más pequeños.
Turboalimentación.
Inyección más precisa.
Gestión electrónica.
Mejor eficiencia.
Más potencia obtenida de cilindradas relativamente reducidas.
Y paralelamente aparecieron dos protagonistas fundamentales:
los híbridos y los eléctricos.
El carro comenzó a utilizar electricidad de otra manera
Los híbridos demostraron que un motor de combustión podía trabajar junto a uno eléctrico para mejorar eficiencia.
Después llegaron los vehículos completamente eléctricos.
Tesla ayudó a convertirlos en un fenómeno global, pero prácticamente toda la industria terminó reaccionando.
Toyota.
Honda.
Hyundai.
Kia.
Ford.
Chevrolet.
Mercedes-Benz.
BMW.
Volkswagen.
Nissan.
Y una creciente generación de fabricantes chinos.
Todos, de una manera u otra, han tenido que pensar en electrificación.
Quizás dentro de algunas décadas resulte extraño recordar que durante generaciones dependíamos exclusivamente de estaciones de combustible.
Los fabricantes chinos cambiaron otra conversación
Durante mucho tiempo, cuando hablábamos de vehículos en nuestro entorno, la conversación estaba dominada por japoneses, estadounidenses, europeos y, posteriormente, coreanos.
Pero China comenzó a entrar con muchísima fuerza.
Marcas como BYD, Geely, Changan, GAC, Dongfeng y otras comenzaron a demostrar que el mapa automotriz estaba cambiando.
Especialmente alrededor de vehículos eléctricos, híbridos, tecnología y equipamiento.
Hace veinte años probablemente un comprador dominicano promedio difícilmente colocaría una marca china entre sus primeras opciones.
Hoy la conversación es diferente.
Y probablemente dentro de otros diez años será todavía más diferente.
Toyota: el nombre que parece no desaparecer
Si llevamos esta historia al contexto dominicano, inevitablemente tenemos que comenzar por Toyota.
Corolla.
Camry.
Hilux.
Land Cruiser.
Prado.
RAV4.
4Runner.
Durante generaciones, Toyota construyó en República Dominicana una reputación asociada a durabilidad, disponibilidad de piezas, conocimiento mecánico y valor de reventa.
Y eso pesa muchísimo.
Porque aquí no compramos solamente pensando:
“¿Qué tan bonito está?”
También pensamos:
“¿Y cuando tenga que venderlo?”
Honda construyó su propio culto
Honda también tiene una relación especial con el mercado dominicano.
Civic.
Accord.
CR-V.
Pilot.
Modelos que durante años han formado parte de nuestras calles.
Existe incluso una cultura alrededor de determinados Honda.
Modificaciones.
Aros.
Suspensiones.
Sonido.
Motores.
Para muchas personas, especialmente durante determinadas generaciones, tener un Civic o un Accord no era simplemente tener transporte.
Era casi parte de una identidad.
Nissan, Mitsubishi y Mazda también forman parte de la historia
Nissan ha tenido durante décadas una presencia importante.
Sentra.
Altima.
Pathfinder.
Frontier.
X-Trail.
Mitsubishi tuvo modelos enormemente reconocibles y Mazda construyó una reputación propia alrededor de diseño y manejo.
Cada marca fue encontrando su público.
Y nuestras calles terminaron convirtiéndose en una mezcla extraordinaria de generaciones y procedencias.
Después llegaron Hyundai y Kia con muchísima fuerza
Aquí ocurrió otra transformación interesante.
Hubo una época en que las marcas coreanas todavía estaban construyendo reputación frente a los gigantes japoneses.
Eso cambió.
Hyundai y Kia crecieron enormemente en diseño, equipamiento, tecnología y presencia comercial.
Sonata.
Elantra.
Tucson.
Santa Fe.
Sportage.
Sorento.
K5.
Modelos que actualmente resultan completamente familiares para cualquier dominicano.
De hecho, los datos oficiales muestran hasta qué punto japoneses y coreanos dominan nuestro parque vehicular. Al cierre de 2025, excluyendo motocicletas, el 59.8 % de los vehículos registrados era de origen japonés y otro 15 % de Corea del Sur.
Entre los automóviles, Toyota, Honda, Hyundai y Kia continúan teniendo un peso enorme.
Los europeos siguen representando otra experiencia
Mercedes-Benz.
BMW.
Audi.
Volkswagen.
Porsche.
Los fabricantes europeos han tenido históricamente una asociación muy fuerte con lujo, ingeniería, desempeño y tecnología.
Pero también existe una frase que probablemente cualquier propietario de un vehículo europeo ha escuchado alguna vez:
“Ese carro es buenísimo... pero cuando se daña...”
Y ahí termina la oración.
Porque la modernización también tiene un precio.
El mecánico también tuvo que evolucionar
Esta parte me parece fundamental.
El vehículo cambió.
Por lo tanto, el mecánico también tuvo que cambiar.
Antes buena parte del diagnóstico dependía del oído.
La experiencia.
El humo.
Una vibración.
Un ruido.
El famoso:
“Préndelo otra vez”.
Y naturalmente todo eso continúa teniendo valor.
Un buen mecánico puede detectar cosas que ninguna computadora sustituye fácilmente.
Pero hoy también necesita herramientas electrónicas.
Escáneres.
Software.
Diagramas.
Sensores.
Módulos.
Computadoras.
Actualizaciones.
Códigos de error.
Sistemas eléctricos mucho más complejos.
El mecánico moderno no solamente trabaja con llaves y destornilladores.
También interpreta datos.
Ernesto Beras Goico: cuando la mecánica también comunica
Y aquí quiero hacer una mención especial a una figura que, a mi juicio, representa muy bien otra evolución paralela ocurrida en República Dominicana:
Ernesto Beras Goico.
Porque la mecánica automotriz también necesitaba comunicadores.
Personas capaces de tomar un problema técnico y explicarlo de una manera que cualquier propietario pudiera entender.
Durante años, figuras vinculadas al mundo automotriz han ayudado a crear una cultura donde el conductor no solamente lleva el vehículo al taller y entrega las llaves.
También pregunta.
Quiere entender.
Quiere saber qué ocurrió.
Quiere aprender cómo cuidar su inversión.
Y considero a Ernesto Beras Goico uno de los mecánicos y comunicadores automotrices más influyentes de nuestro país precisamente por esa capacidad de llevar conocimientos relacionados con vehículos, mantenimiento y mecánica a un público mucho más amplio.
El mecánico dejó de estar exclusivamente debajo del vehículo.
También puede estar frente a una cámara.
Detrás de un micrófono.
En redes sociales.
Educando.
Explicando.
Orientando.
Y eso también forma parte de la modernización del automóvil.
Porque el conductor también tuvo que aprender
Antes podíamos conocer nuestro carro de una manera relativamente sencilla.
Hoy el manual parece una enciclopedia.
Una luz aparece en el tablero.
Buscamos qué significa.
El vehículo envía una alerta.
Una cámara deja de funcionar.
Un sensor se ensucia.
Una computadora detecta una anomalía.
Y descubrimos algo importante:
tener un carro más inteligente también exige un propietario más informado.
Ya no basta con cambiar aceite y echar combustible.
Aunque, por favor, sigamos cambiando el aceite.
República Dominicana: varias generaciones rodando juntas
Quizás esta sea una de las características más interesantes de nuestro país.
Podemos detenernos en una avenida y ver prácticamente treinta años de historia automotriz simultáneamente.
Un Toyota Corolla de los 90.
Un Honda Civic de principios de los 2000.
Un Hyundai Sonata importado.
Una Kia Sportage.
Una Toyota Prado.
Una Ford Explorer.
Un Mercedes-Benz.
Una jeepeta híbrida.
Un vehículo chino de última generación.
Y probablemente una unidad completamente eléctrica.
Todos esperando el mismo semáforo.
Los datos oficiales reflejan justamente esa mezcla: República Dominicana mantiene un parque vehicular enorme y de edades muy diversas, mientras continúan entrando tecnologías y marcas nuevas.
Eso significa que nuestra transición automotriz probablemente será diferente a la de otros mercados.
Aquí lo nuevo convivirá durante muchísimo tiempo con lo viejo.
¿Hacia dónde vamos?
Probablemente hacia vehículos todavía más conectados.
Más eléctricos.
Más autónomos.
Más eficientes.
Con mayor inteligencia artificial.
Con sistemas capaces de anticipar problemas.
Quizás llegará un momento en que el automóvil nos conozca casi tanto como nuestro teléfono.
Sabrá hacia dónde vamos habitualmente.
Qué música escuchamos.
Qué temperatura preferimos.
Qué ruta tomamos.
Dónde estacionamos.
Y posiblemente detectará que estamos cansados antes de que nosotros mismos lo reconozcamos.
La gran pregunta será cuánto control estaremos dispuestos a entregarle.
De máquina a computadora
Cuando miro hacia los vehículos de los años 90 y los comparo con los actuales, creo que la transformación puede resumirse de una manera bastante sencilla.
Antes comprábamos fundamentalmente una máquina.
Hoy compramos una máquina, una computadora, un sistema de entretenimiento, un navegador, un conjunto de sensores y, progresivamente, hasta un asistente.
El carro aprendió a comunicarse con nosotros.
A advertirnos.
A corregirnos.
A conectarnos.
Y en algunos casos hasta a tomar decisiones.
Pero hay algo que todavía no ha cambiado.
Seguimos creando recuerdos dentro de ellos.
El primer carro.
El viaje familiar.
La música.
La persona que aprendió a manejar con nosotros.
El vehículo de nuestros padres.
Aquel Toyota que parecía indestructible.
El Honda que alguien modificó hasta el último tornillo.
El carro que vendimos y todavía extrañamos.
Porque por mucha tecnología que introduzcamos dentro de un vehículo, nunca ha sido simplemente un conjunto de piezas.
También forma parte de nuestra historia.
Y quizás dentro de treinta años alguien mire un vehículo de 2026 y diga exactamente lo mismo que nosotros decimos hoy de uno de 1995:
“¿Tú puedes creer que antes los carros eran así?”
Y probablemente para entonces aquello que hoy nos parece extraordinariamente moderno será considerado tecnología antigua.
Porque si algo nos ha demostrado la evolución del automóvil es que las cuatro ruedas siguen siendo las mismas.
Todo lo demás continúa cambiando.

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