El café: mucho más que una taza para despertar
Entre sus beneficios, los negocios, el placer y una tradición que también se hereda
Por: Daniel Jiménez
Hay personas que toman café.
Y hay otras que tenemos una relación con el café.
No es exactamente lo mismo.
Porque para muchos de nosotros el café dejó hace tiempo de ser simplemente aquella bebida que utilizamos para despertarnos por la mañana. Se convirtió en compañía, costumbre, pausa, conversación, encuentro y hasta cierto pequeño ritual cotidiano.
Pero mientras más lo pienso, más me doy cuenta de otra función del café que muchas veces pasa inadvertida:
el café también hace negocios.
“Vamos a tomarnos un café”.
Cuatro palabras aparentemente sencillas.
Pero pensemos en todo lo que puede comenzar después de ellas.
Una amistad.
Una conversación pendiente.
Una reunión.
Una idea.
Una colaboración.
Un negocio.
Una reconciliación.
Una confesión.
Incluso, por qué no, una conquista.
Porque probablemente pocas bebidas en el mundo hayan conseguido convertirse en una excusa social tan perfecta para sentar a dos personas frente a frente.
Y quizás por eso una bebida tan pequeña ha terminado ocupando un espacio tan grande en nuestras vidas.
Primero: ¿qué tiene realmente el café?
El café contiene cafeína, pero reducirlo exclusivamente a ella sería simplificar demasiado.
También contiene numerosos compuestos bioactivos, entre ellos polifenoles, y constituye una fuente importante de antioxidantes en la alimentación de muchas personas.
En adultos sanos y consumido moderadamente, puede formar parte de una alimentación saludable. Diversas investigaciones han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y determinados resultados favorables de salud, aunque eso no significa que debamos convertir nuestra greca en una farmacia.
Y aquí aparece una palabra importantísima:
moderación.
Porque si dos o tres tazas pueden formar parte de nuestra rutina, quince probablemente estén intentando decirnos otra cosa.
El antioxidante que bebemos sin pensarlo demasiado
Cuando escuchamos la palabra antioxidante probablemente imaginemos inmediatamente frutas, vegetales o algún producto milagroso que alguien intenta vendernos por internet.
Pero el café también contiene antioxidantes.
Estos compuestos participan en la protección de nuestras células frente al estrés oxidativo.
No significa que una taza vaya a convertirnos automáticamente en seres indestructibles.
Ojalá.
Pero sí demuestra que detrás del aroma y de la cafeína existe una bebida químicamente muchísimo más interesante de lo que pensamos cuando simplemente decimos:
“Ponme un cafecito”.
El café y nuestra cabeza
Aquí probablemente encontremos el efecto que todos reconocemos con mayor facilidad.
Tomamos café y sentimos que:
arrancamos.
La cafeína actúa sobre el sistema nervioso central y puede aumentar temporalmente el estado de alerta y disminuir la sensación de cansancio.
Por eso existe una relación casi universal entre café y productividad.
La oficina.
La computadora.
El escritor frente a una página en blanco.
El estudiante estudiando.
El periodista cerrando una jornada.
La reunión de primera hora.
Hay momentos en los que la taza parece mirarnos y decir:
“Bueno, vamos arriba”.
Y comenzamos.
Pero el café también hace negocios
Aquí es donde, personalmente, creo que la bebida adquiere otra dimensión.
¿Cuántas veces hemos escuchado?
“Tenemos que juntarnos un día a tomar un café”.
Puede parecer una invitación casual.
Muchas veces no lo es.
Hay negocios que comienzan en una oficina.
Otros en una sala de juntas.
Pero muchísimas oportunidades comienzan alrededor de una pequeña mesa, dos personas conversando y una taza caliente en el medio.
Un café puede ser la primera reunión sin parecer una reunión.
Y quizás precisamente por eso funciona tan bien.
No existe todavía la presión de un contrato.
No necesariamente llevamos una presentación.
No estamos sentados uno frente al otro con veinte documentos.
Simplemente estamos hablando.
Y cuando las personas hablan relajadamente ocurren cosas interesantes.
Primero café, después vemos
Quizás conocemos a alguien durante un evento.
Intercambiamos números.
Conversamos cinco minutos.
Existe alguna afinidad profesional.
Y aparece:
“Tenemos que hablar con más calma”.
Perfecto.
“Vamos a tomarnos un café”.
Ese segundo encuentro puede cambiar completamente la relación.
Porque ya no estamos simplemente intercambiando tarjetas o números telefónicos.
Estamos conociendo a la persona.
¿Qué hace?
¿Qué necesita?
¿Qué está buscando?
¿En qué está trabajando?
¿Dónde tiene un problema?
¿Qué podemos aportar nosotros?
Y entonces puede surgir una frase aparentemente insignificante:
“Precisamente yo conozco a alguien que puede ayudarte con eso”.
Ahí puede comenzar un negocio.
Una taza puede valer muchísimo más de lo que cuesta
¿Cuánto cuesta un café?
Relativamente poco.
Ahora preguntémonos:
¿cuánto puede valer una conversación?
Eso es muchísimo más difícil de calcular.
Puede producir un cliente.
Una recomendación.
Una colaboración.
Una idea.
Un contacto.
Un socio.
Una oportunidad de trabajo.
Una inversión.
O simplemente información que nos evite cometer un error.
Un café de treinta minutos puede no producir absolutamente nada inmediatamente.
Y seis meses después recibimos una llamada:
“Mira, me acordé de ti porque surgió algo…”
Eso también es hacer negocios.
Porque los buenos negocios no siempre comienzan hablando de dinero.
Muchas veces comienzan construyendo confianza.
El café se convirtió en una herramienta de networking
Vivimos hablando de networking.
Eventos.
Conferencias.
Cócteles.
Tarjetas.
WhatsApp.
LinkedIn.
Pero tener el teléfono de alguien no significa tener una relación con esa persona.
El café puede ser precisamente el puente entre ambas cosas.
Conocer a alguien es el primer paso.
Sentarnos a conversar puede ser el segundo.
Y quizás hacer algo juntos termine siendo el tercero.
Por eso existe una enorme diferencia entre:
“Yo conozco a fulano”
y
“Fulano se sentaría conmigo a tomarse un café”.
La segunda frase implica otra cosa.
Tiempo.
Cercanía.
Interés.
Conversación.
Y el tiempo de las personas, especialmente de aquellas que tienen muchísimas responsabilidades, puede ser extraordinariamente valioso.
La cafetería terminó convirtiéndose en una pequeña oficina
Hay algo interesante en nuestra época.
Entramos a una cafetería y encontramos computadoras.
Reuniones.
Entrevistas.
Profesionales independientes.
Emprendedores.
Personas revisando documentos.
Dos ejecutivos conversando.
Alguien presentando una idea desde una laptop.
La cafetería dejó de ser exclusivamente el lugar donde vamos a beber algo.
Se convirtió parcialmente en espacio de trabajo.
Una oficina neutral.
Ni la tuya ni la mía.
Nos encontramos.
Pedimos café.
Y hablamos.
Quizás por eso alrededor de esa bebida se han cerrado más negocios de los que podríamos imaginar.
Pero no vayamos a convertir cada café en una venta
También existe un peligro.
Sentarnos frente a alguien y comenzar inmediatamente:
“Déjame presentarte mi proyecto”.
“Yo necesito…”
“Yo quiero…”
“Yo estoy buscando…”
No.
El café funciona precisamente porque permite algo más natural.
Conversar primero.
Escuchar.
Conocer.
Preguntar.
Encontrar puntos comunes.
Quizás aquella persona no tenga absolutamente ningún negocio que hacer con nosotros.
Pero puede conocer a alguien que sí.
O quizás simplemente terminemos construyendo una amistad.
Y eso también tiene valor.
No toda relación humana necesita convertirse en una transacción.
El negocio puede estar escondido dentro de la conversación
A veces la oportunidad aparece mientras escuchamos.
“Estoy buscando…”
“Necesito…”
“Quiero hacer…”
“Estamos teniendo problemas con…”
“Conozco una empresa que…”
El despierto presta atención.
Porque detrás de muchas oportunidades existe simplemente una necesidad que alguien mencionó durante una conversación.
Quizás nosotros podemos resolverla.
Quizás conocemos a quien puede hacerlo.
Quizás tenemos una idea.
Ahí el café hizo su trabajo.
Sentó a las personas correctas en la misma mesa.
Lo demás depende de nosotros.
Porque el café abre la puerta; la diligencia hace el negocio
Naturalmente, tomarnos café con personas importantes no nos convierte automáticamente en empresarios.
Si durante la conversación alguien nos dice:
“Envíame eso mañana”.
Hay que enviarlo mañana.
Si prometimos investigar algo, investiguemos.
Si dijimos que llamaríamos, llamemos.
Podemos beber cien cafés con cien empresarios.
Si nunca cumplimos, solamente conseguiremos una cosa:
tomar muchísimo café.
La conversación abre posibilidades.
La diligencia las convierte en resultados.
¿Y aquello de que el café puede ser afrodisíaco?
Aquí quiero separar deliberadamente la ciencia de una percepción muy personal.
Yo siempre he pensado que el café tiene algo de pequeño afrodisíaco.
No necesariamente porque una taza posea poderes mágicos para provocar deseo sexual —no podemos presentar científicamente el café como un afrodisíaco demostrado—, sino por todo lo que ocurre alrededor de ella.
Pensemos.
Dos personas.
Una mesa.
Dos cafés.
Una conversación.
El aroma.
La cercanía.
Una mirada que dura un poquito más de lo normal.
Otra taza.
Comenzamos hablando de trabajo y, misteriosamente, cuarenta minutos después ya estamos hablando de relaciones.
Ahí hay algo.
Quizás el verdadero afrodisíaco no esté dentro de la taza.
Quizás sea el momento que construimos alrededor de ella.
“¿Quieres tomarte un café conmigo?”
Hay invitaciones que dicen muchísimo más de lo que literalmente dicen.
“Vamos a cenar” puede sentirse formal.
“Vamos a beber algo” puede tener otra intención.
Pero:
“Vamos por un café”.
Eso tiene una ambigüedad extraordinaria.
Puede ser negocio.
Puede ser amistad.
Puede ser una conversación pendiente.
Puede ser entre dos personas que están comenzando a conocerse.
O puede ser entre dos personas que saben perfectamente que ahí está ocurriendo algo, aunque ninguna todavía quiera decirlo.
El café sirve para todo.
Hasta para hacernos los locos.
Pero no funciona igual para todo el mundo
Naturalmente, hablar de sus bondades no significa convertirlo en una bebida milagrosa.
Hay personas que pueden beber café después de cenar y dormir perfectamente.
Hay otras que toman uno a las cuatro de la tarde y a las dos de la mañana todavía están negociando con la almohada.
La sensibilidad a la cafeína varía.
Un consumo excesivo puede provocar nerviosismo, palpitaciones, molestias digestivas o interferir con el sueño en algunas personas.
Como ocurre con tantas cosas:
depende de la persona, la cantidad y las circunstancias.
En República Dominicana el café significa otra cosa
Ahora bien, si llevamos toda esta conversación a nuestro país, entramos en otro terreno.
Porque aquí el café no es solamente una bebida.
Es cultura.
Llegó una visita:
café.
Terminamos de comer:
café.
Estamos trabajando:
café.
Queremos conversar:
café.
Hay una reunión:
café.
Tenemos sueño:
café.
Hace un calor insoportable a las tres de la tarde:
inexplicablemente...
también café.
El dominicano consiguió desafiar toda lógica climática.
No importa que afuera estemos a treinta grados.
“¿Quieres un cafecito?”
Sí.
Y entonces recuerdo a mi abuela
Quizás por eso mi relación con el café tiene un significado particularmente especial.
Porque antes de que yo entendiera que el café podía acompañar negocios, reuniones, conversaciones, trabajo o incluso algún encuentro romántico, ya lo había visto cumplir una función social dentro de mi propia casa.
Y la responsable era mi abuela.
Mi abuela, que en paz descanse, tenía una relación con el café que ahora, viéndola desde adulto, me parece fascinante.
Yo era pequeño y recuerdo verla siempre con la greca prácticamente a cuarta.
Lista.
Cerca.
Disponible.
Porque en aquella casa podía faltar cualquier cosa.
Pero café...
eso era complicado.
Ella no podía ver llegar una visita
Esto lo recuerdo perfectamente.
Llegaba alguien a la casa.
Y casi automáticamente:
se prendía la greca.
No había que preguntar demasiado.
No importaba si la persona estaría diez minutos.
No importaba si ya había tomado café.
La visita había llegado.
Había que brindar.
Porque para mi abuela ofrecer café no era simplemente ofrecer una bebida.
Era una manera de recibir.
De atender.
De decir:
“Siéntate. Tú estás en tu casa”.
Ahora lo pienso y entiendo que ahí existía una forma de hospitalidad profundamente dominicana.
Mi abuela colaba varias veces al día
Y no estoy hablando únicamente del café de la mañana.
Había café a distintas horas.
La greca podía trabajar varias veces durante el día.
Pero recuerdo especialmente las tardes.
En casa existían dos tandas del rosario.
Una alrededor de las tres.
Otra alrededor de las cinco.
Y el café estaba ahí.
Formaba parte de aquella dinámica.
Rosario.
Conversación.
Personas entrando y saliendo.
Y café.
A las tres.
Después nuevamente a las cinco.
Aquello tenía su propio ritmo.
Casi un horario.
Una liturgia cotidiana donde lo religioso, lo familiar y lo social terminaban encontrándose alrededor de una greca.
A cada persona que llegaba había que brindarle
Eso quizás sea lo que más recuerdo.
Mi abuela podía estar haciendo cualquier cosa.
Llegaba alguien.
Y una de sus primeras preocupaciones era:
el café.
“¿Quieres café?”
Aunque sospecho que muchas veces aquello tampoco era exactamente una pregunta.
El café venía en camino.
Era parte de atender correctamente a una persona.
Y ahí encuentro una conexión hermosa con todo lo que decía anteriormente sobre el café y los negocios.
Mi abuela naturalmente no estaba haciendo networking.
No estaba pensando en LinkedIn.
Ni en estrategias empresariales.
Ni en reuniones ejecutivas.
Estaba haciendo algo muchísimo más antiguo y quizás más importante:
estaba construyendo relaciones alrededor de una taza.
Quizás el café hacía networking antes de que conociéramos la palabra
Pensemos en eso.
Durante generaciones nos visitamos.
Nos sentamos.
Colamos café.
Conversamos.
Intercambiamos información.
Nos enteramos de oportunidades.
Pedimos consejos.
Resolvimos problemas.
Conocimos personas.
Hicimos favores.
Cerramos acuerdos.
Y fortalecimos relaciones.
Muchísimo antes de que alguien nos explicara qué significaba “networking”.
Quizás simplemente lo llamábamos:
“Ven, vamos a tomarnos un cafecito”.
Y mi historia comenzó con una cucharita
Pero existe todavía otro recuerdo.
Mi abuela también fue quien me enseñó desde pequeño a beber café.
Y no comenzó entregándome una taza.
Lo hacía de una manera mucho más sencilla.
Con una pequeña cucharita.
Tomaba un poquito de café.
Me enseñaba a beberlo lentamente.
De sorbo en sorbo.
Cucharadita por cucharadita.
Yo naturalmente no entendía nada de antioxidantes.
Ni cafeína.
Ni negocios.
Ni cultura cafetalera.
Simplemente estaba compartiendo algo con mi abuela.
Y ahora, tantos años después, comprendo que probablemente me estaba transmitiendo mucho más que el gusto por una bebida.
Me estaba transmitiendo una costumbre.
Una herencia que no aparece en ningún testamento
Mi abuela falleció.
Pero yo sigo tomando café.
Y esa idea siempre me resulta hermosa.
Porque existen herencias que no necesitan papeles.
No son propiedades.
No son cuentas bancarias.
No son objetos.
Son costumbres.
Gestos.
Sabores.
Frases.
Rutinas.
Recuerdos.
Ella me enseñó a tomar café con una cucharita.
Me enseñó, sin proponérselo, que cuando llega alguien a nuestra casa se le atiende.
Que alrededor de una taza se conversa.
Que el café puede acompañar una oración.
Una tarde.
Una visita.
Una amistad.
Y hoy puedo agregar algo que probablemente entendí muchísimo después:
también puede acompañar una oportunidad.
El café también hace negocios
Quizás por eso me gusta tanto esa frase.
Porque hacer negocios no significa exclusivamente hablar de dinero.
Antes del dinero existen relaciones.
Antes de muchas sociedades existió confianza.
Antes de determinados proyectos hubo una conversación.
Y antes de aquella conversación quizás solamente existieron dos personas diciendo:
“Vamos a tomarnos un café”.
Después veremos.
Quizás no ocurra nada.
Quizás aparezca una amistad.
Quizás una idea.
Quizás un cliente.
Quizás una colaboración.
Quizás una oportunidad profesional.
Quizás hasta aparezca aquello que yo llamo ese pequeño componente afrodisíaco del café y la conversación termine tomando otro camino.
Nunca sabemos.
Pero algo hizo posible ese encuentro.
Una greca puede guardar muchísimo más que café
Hoy puedo mirar una taza desde muchas perspectivas.
Está el café como bebida.
El antioxidante.
La cafeína que nos ayuda a mantenernos despiertos.
El aroma.
El pequeño ritual.
La conversación.
El romance.
El trabajo.
El networking.
Los negocios.
Pero cuando miro hacia atrás aparece inevitablemente otra imagen.
Mi abuela.
La greca siempre cerca.
Una visita entrando por la puerta.
La hornilla encendiéndose.
El café de las tres.
El rosario.
El café de las cinco.
Otra persona llegando.
Otra taza.
Y aquel niño aprendiendo a beberlo con una pequeña cucharita.
Sorbo a sorbo.
Tal vez por eso para mí el café nunca podrá ser simplemente café.
Mucho antes de que yo descubriera que podía utilizar una taza para sentarme a hablar de proyectos, oportunidades o negocios, mi abuela ya me había enseñado la lección más importante alrededor de ella:
el café sirve para acercar personas.
Ella lo hacía en nuestra casa.
Hoy podemos hacerlo en una cafetería, una oficina, un evento o una reunión.
Cambió la mesa.
Cambió el contexto.
Cambió la conversación.
Pero el principio sigue siendo prácticamente el mismo.
Primero nos sentamos.
Después servimos el café.
Y entonces hablamos.
A veces hablamos de la vida.
A veces de amor.
A veces de problemas.
A veces de sueños.
Y algunas veces, entre un sorbo y otro, aparece una idea capaz de convertirse en algo mucho más grande.
Por eso el café puede despertar.
Puede reunir.
Puede acompañar.
Puede ayudarnos a recordar.
Puede incluso tener ese pequeño romanticismo que personalmente siempre le he encontrado.
Pero existe otra cualidad que nunca deberíamos subestimar:
el café también hace negocios.
Y en mi caso, mucho antes de aprender todo eso, hubo una abuela, una greca y una cucharita enseñándome que las mejores conversaciones casi siempre comienzan de la manera más sencilla:
“¿Quieres un cafecito?”
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