El tránsito: el problema que nos afecta a todos

 

 Tránsito, caos y anarquía - Diario Libre


Cuando llegar a cualquier lugar se convierte en una odisea

Por: Daniel Jiménez

Hay problemas de República Dominicana que podemos evitar dependiendo de dónde vivimos, qué hacemos o cuáles son nuestras circunstancias.

El tránsito no es uno de ellos.

Tarde o temprano nos encuentra.

En un carro.

En una guagua.

En un taxi.

En un vehículo de plataforma.

En una motocicleta.

Como peatón.

O simplemente esperando a alguien que nos dice:

“Voy tarde, estoy en un tapón”.

 Tránsito - Qué es, definición y concepto

Y probablemente pocas explicaciones resulten tan universalmente aceptadas en nuestro país.

Porque todos sabemos lo que significa.

El tránsito se ha convertido en uno de los grandes temas neurálgicos de nuestra sociedad. No quiero abordar aquí quién tiene la culpa, qué administración hizo más o menos ni convertir estas líneas en un debate político.

Me interesa algo mucho más cotidiano:

cómo el tránsito está afectando nuestra manera de vivir.

Ya no calculamos distancias, calculamos tiempo

Hay algo particularmente curioso en Santo Domingo y otras zonas de alta circulación.

Cuando alguien pregunta:

“¿Qué tan lejos queda?”

Muchas veces la respuesta ya no se expresa en kilómetros.

Decimos:

“Sin tapón, quince minutos”.

Esa aclaración lo dice absolutamente todo.

Sin tapón.

Porque esos quince minutos pueden convertirse en cuarenta.

O en una hora.

Y dependiendo del día, la hora, la lluvia, un accidente o cualquier situación inesperada, mejor ni hacer cálculos.

Dos lugares pueden estar relativamente cerca geográficamente y sentirse lejísimos dependiendo del tránsito.

Eso modifica nuestra relación con la ciudad.

Ya no pensamos solamente hacia dónde vamos.

Pensamos a qué hora tenemos que salir para poder llegar.

“Sal con tiempo”

Esta debe ser una de las recomendaciones más repetidas en cualquier hogar dominicano.

“Sal con tiempo”.

El problema es determinar exactamente qué significa eso.

¿Media hora antes?

¿Una hora?

¿Hora y media?

Porque salir temprano tampoco garantiza necesariamente llegar temprano.

Podemos organizar perfectamente nuestro tiempo y encontrarnos con un accidente.

Una avería.

Una calle bloqueada.

Una intersección congestionada.

Un aguacero.

O simplemente un tapón cuyo origen jamás llegaremos a descubrir.

Ese último es maravilloso.

Pasamos cuarenta minutos prácticamente detenidos y cuando finalmente avanzamos...

no había absolutamente nada.

Ni accidente.

Ni vehículo dañado.

Ni construcción.

Nada.

Uno continúa manejando preguntándose:

“¿Pero qué era lo que estaba pasando?”

Probablemente nunca lo sabremos.

La hora pico parece durar cada vez más

 Expertos favorecen cambio de horario para descongestionar el tránsito - CDN - El Canal de Noticias de los Dominicanos

Antes hablábamos de “la hora pico” como un período relativamente identificable.

La entrada al trabajo.

La salida.

La entrada y salida de los colegios.

Actualmente, en determinados lugares, parece que la hora pico decidió convertirse en varias horas pico.

La mañana tiene su tapón.

El mediodía puede tener otro.

La tarde comienza a complicarse.

Y cuando llega la salida laboral, comienza una nueva batalla.

Si además está lloviendo, la situación adquiere otro nivel.

Entonces una salida cotidiana puede requerir planificación casi estratégica.

¿Qué ruta tomo?

¿A qué hora salgo?

¿Por dónde estará menos congestionado?

¿Habrá algún accidente?

¿Está lloviendo?

¿Hay clases?

¿Es viernes?

Porque también sabemos que un viernes en la tarde no es cualquier tarde.

Las aplicaciones cambiaron la manera de movernos

La tecnología, por lo menos, nos dio una herramienta extraordinaria.

Hoy podemos mirar el teléfono antes de salir y obtener una idea de lo que nos espera.

Verde.

Amarillo.

Rojo.

Y ese rojo oscuro que prácticamente nos está diciendo:

“Piénsalo bien antes de salir”.

Las aplicaciones de navegación nos permiten buscar rutas alternativas, detectar congestionamientos y calcular aproximadamente cuánto tardaremos.

Pero existe una ironía interesante.

Tenemos más tecnología que nunca para evitar el tránsito y, aun así, seguimos atrapados en él.

El teléfono puede decirnos dónde está el tapón.

Lo que no puede hacer es desaparecerlo.

El problema no es solamente llegar tarde

Aquí es donde considero que debemos mirar el tránsito de otra manera.

Porque normalmente lo reducimos a:

“Había mucho tapón”.

Pero sus consecuencias van muchísimo más allá.

El tránsito consume tiempo.

Y el tiempo es probablemente uno de nuestros recursos más valiosos.

Supongamos que una persona tarda una hora para llegar a su trabajo y otra hora para regresar.

Son dos horas diarias.

Diez horas durante cinco días laborales.

Sin contar diligencias, compromisos o cualquier desplazamiento adicional.

No hace falta convertir esto en una ecuación complicada para entender el problema.

Son horas que pudieron utilizarse descansando.

Compartiendo con la familia.

Estudiando.

Haciendo ejercicio.

Trabajando.

Leyendo.

Durmiendo.

O simplemente haciendo absolutamente nada.

Porque también tenemos derecho a no hacer nada de vez en cuando.

El tránsito también cansa

Hay días en los que uno llega a su destino y siente que ya hizo suficiente.

Y todavía ni siquiera ha comenzado aquello para lo que salió.

Eso demuestra que el tránsito no solamente consume tiempo.

Consume energía.

Estar pendiente al vehículo de delante.

Al de atrás.

Al motor que aparece por un lado.

Al peatón.

Al semáforo.

A la intersección.

A alguien intentando cambiarse de carril.

A otro tocando bocina.

A quien decidió que el paseo era un carril adicional.

A quien está desesperado porque lleva exactamente el mismo tiempo atrapado que nosotros.

Todo eso genera tensión.

Y si repetimos la experiencia diariamente, deja de ser simplemente una molestia ocasional.

Se convierte en parte de nuestro estilo de vida.

La bocina: nuestro idioma no oficial

Tenemos que hablar de ella.

La bocina.

No sé exactamente qué poder sobrenatural creemos que tiene.

El semáforo cambia a verde.

Han pasado aproximadamente 0.7 segundos.

¡Piiii!

Hay treinta vehículos completamente detenidos delante de nosotros.

¡Piiii!

Como si la bocina pudiera elevar los carros y despejar mágicamente la avenida.

Y reconozco que en algún momento todos podemos caer en la desesperación.

Pero tocar bocina no hará desaparecer los veinte vehículos que tenemos delante.

En muchas ocasiones solamente consigue agregar contaminación sonora a un problema que ya era suficientemente desagradable.

El motorista, el peatón y el conductor

Hablar del tránsito dominicano también significa reconocer que compartimos un mismo espacio personas con necesidades completamente diferentes.

Conductores.

Motoristas.

Peatones.

Ciclistas.

Transporte colectivo.

Vehículos pesados.

Servicios de emergencia.

Todos intentando llegar a algún lugar.

Y muchas veces actuamos como si la calle nos perteneciera exclusivamente a nosotros.

El conductor se molesta con el motorista.

El motorista con el conductor.

El peatón con ambos.

Y probablemente ambos también tengan alguna queja sobre el peatón.

Pero todos somos parte del mismo ecosistema.

Ahí aparece un problema que ninguna infraestructura puede resolver completamente por sí sola:

nuestro comportamiento.

La cultura del “déjame meterme”

Hay hábitos que parecen pequeños pero multiplicados por miles de personas generan caos.

Bloquear una intersección aunque sabemos perfectamente que no podremos cruzarla.

Cambiar de carril constantemente buscando avanzar tres vehículos.

Estacionarnos donde no corresponde “porque son cinco minutos”.

Detenernos en medio de una vía.

Ignorar una señal.

Crear un carril donde claramente no existe.

No ceder nunca.

Porque aparentemente permitir que otro vehículo pase representa una derrota personal.

Y ahí entramos todos.

Resulta muy fácil decir:

“El tránsito de este país es un desastre”.

Mucho más difícil es preguntarnos:

“¿Qué hago yo cuando estoy dentro de él?”

El famoso tapón por curiosidad

Hay un comportamiento que siempre me ha parecido extraordinario.

Ocurre un accidente en el carril contrario.

Nuestro lado está completamente libre.

En teoría deberíamos continuar.

Pero no.

Reducimos la velocidad.

Miramos.

Queremos saber qué pasó.

Y poco a poco terminamos creando otro tapón en una vía donde originalmente no existía ningún obstáculo.

Un tapón provocado por la curiosidad.

Somos especiales.

Cuando llueve cambia el juego

Y entonces llueve.

Aquí parece comenzar otro campeonato.

La velocidad disminuye.

La visibilidad cambia.

Algunas vías se complican.

Aumentan los congestionamientos.

Un recorrido que normalmente podía ser difícil adquiere otra dimensión.

Por eso quienes vivimos dependiendo de desplazamientos constantes aprendemos rápidamente una regla:

si el cielo está oscuro, recalcula tus planes.

También afecta nuestra vida social

Hay otra consecuencia de la que hablamos menos.

El tránsito puede comenzar a decidir qué hacemos.

“¿Vamos para allá?”

“¿A esta hora?”

“Déjalo para otro día”.

Una cena.

Una visita.

Una reunión.

Un evento.

Una salida.

Incluso aceptar determinado trabajo o estudiar en cierto lugar puede obligarnos a considerar cuánto tiempo tendremos que pasar diariamente desplazándonos.

La ubicación deja de ser solamente una dirección.

Se convierte en una variable de calidad de vida.

Y cuando comenzamos a rechazar actividades no porque no queramos hacerlas, sino porque no queremos enfrentarnos al trayecto, el tránsito ya está influyendo directamente sobre nuestras decisiones personales.

Hay un componente humano detrás de cada vehículo

Quizás también nos ayudaría recordar algo cuando estamos atrapados.

Ese carro que tenemos delante no es simplemente otro obstáculo.

Hay alguien dentro.

Quizás va tarde al trabajo.

Quizás está llevando un niño al colegio.

Quizás tiene una cita médica.

Quizás está regresando después de diez horas trabajando.

Quizás está viviendo un día terrible.

Exactamente igual que nosotros.

No significa que debamos justificar imprudencias.

Significa simplemente recordar que el tránsito también necesita un poco de empatía.

Ceder un espacio.

No bloquear una intersección.

Permitir que alguien se incorpore.

No utilizar la bocina innecesariamente.

Respetar al peatón.

Son decisiones pequeñas.

Ninguna resolverá por sí sola el problema nacional.

Pero sí pueden hacer un poco menos insoportable el metro cuadrado que nos corresponde.

Un problema social, no solamente vial

Por eso considero que hablar del tránsito exclusivamente como un problema de vehículos es quedarse corto.

Es un problema de tiempo.

De productividad.

De convivencia.

De estrés.

De calidad de vida.

De educación vial.

De planificación personal.

Y también de cultura ciudadana.

Nos afecta incluso cuando no estamos conduciendo.

Afecta al trabajador.

Al estudiante.

Al comerciante.

A quien utiliza transporte público.

A quien espera una entrega.

A quien tiene una reunión.

A quien simplemente quiere llegar a su casa.

El tránsito termina entrando prácticamente en todas partes.

¿Nos acostumbramos demasiado?

Y quizás esta sea la parte que más me preocupa.

Nos estamos acostumbrando.

“Sal temprano”.

“Eso se pone malo”.

“No cojas por ahí”.

“Hay un tapón del diablo”.

“Yo llego cuando pueda”.

Frases que forman parte de nuestra rutina.

Hemos desarrollado estrategias para convivir con el problema.

Música.

Podcasts.

Radio.

Aire acondicionado.

Aplicaciones.

Conversaciones telefónicas —naturalmente, utilizando manos libres—.

Cualquier cosa que consiga hacer más tolerable el trayecto.

Pero acostumbrarnos a algo no significa necesariamente que sea normal.

El verdadero precio del tapón

A veces pensamos que el costo del tránsito es la gasolina.

No.

La gasolina es solamente una parte.

El verdadero precio también se paga en minutos.

En cansancio.

En oportunidades.

En productividad.

En estrés.

En tiempo familiar.

En paciencia.

Y especialmente en una cosa que nunca podremos recuperar:

las horas de nuestra vida.

Quizás por eso considero que el tránsito se ha convertido en uno de los grandes temas sociales de República Dominicana.

No hace falta politizarlo para reconocerlo.

Basta salir a la calle.

Basta intentar cruzar la ciudad en determinadas horas.

Basta preguntarle a cualquier persona cuánto tarda diariamente para llegar a su trabajo y regresar a su casa.

Porque detrás de cada tapón existen miles de historias individuales.

Miles de personas intentando llegar.

Todos queremos llegar

Quizás esa sea la reflexión con la que quiero cerrar.

Cuando estamos dentro del tránsito sentimos que cada persona alrededor está compitiendo contra nosotros.

El que quiere entrar.

El que intenta cruzar.

El motorista.

El peatón.

El vehículo de al lado.

Pero realmente casi todos tenemos exactamente el mismo objetivo:

llegar.

Llegar al trabajo.

Llegar a una reunión.

Llegar al colegio.

Llegar a una cita.

Llegar a ver a alguien.

Llegar a casa.

No tengo una solución mágica para el tránsito dominicano.

Este artículo tampoco pretende encontrarla.

Simplemente creo que debemos comenzar a entenderlo como algo mucho más profundo que una avenida llena de vehículos.

El tránsito se está llevando una parte considerable de nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra tranquilidad.

Y mientras aparecen soluciones mayores, existe algo que sí podemos comenzar a cambiar individualmente:

nuestra manera de comportarnos dentro de él.

Un poco menos de bocina.

Un poco menos de desesperación.

Un poco menos de “yo primero”.

Y quizás un poco más de paciencia.

Porque al final todos estamos atrapados en el mismo tapón.

Y todos, absolutamente todos, solamente queremos llegar.

 

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